Un año, cinco meses y quince días después de que el presidente de Siria, Ahmed al-Sharaa, y el comandante en jefe de las Fuerzas Democráticas Sirias, lideradas por los kurdos, Mazlum Kobane, firmaran un acuerdo histórico para la integración de todas las instituciones militares y administrativas kurdas con el gobierno central, Kobane declaró la disolución de sus fuerzas, poniendo fin a un capítulo marcado por la gloria y la derrota.
Las escenas que se desarrollaban en aquella noche de finales de verano parecían sacadas directamente de "El rey Lear" de Shakespeare. De pie, solo ante una audiencia de funcionarios sirios y kurdos en Damasco, Kobane anunció primero en árabe y luego en kurdo "el fin de la misión de las Fuerzas Democráticas Sirias" y "su disolución como fuerza militar independiente".
El enviado especial de la administración Trump para Siria, Tom Barrack, calificó el anuncio de "absolutamente histórico" y reconoció el "liderazgo visionario" del presidente Donald Trump por "la transición ordenada de las FDS a las instituciones estatales sirias". Un portavoz del partido gobernante de Turquía afirmó que se había superado un "importante hito" "hacia el fortalecimiento de la unidad siria".
Para incontables kurdos en Siria y otros lugares que soñaban con alcanzar la autonomía federal como sus hermanos en Irak, sin embargo, aquello se sintió como una capitulación. Las imágenes de Kobane y sus colegas sentados a ambos lados de los funcionarios sirios en el gélido esplendor de mármol del Palacio del Pueblo, con Sharaa presidiendo a distancia en una silla dorada, fueron más de lo que muchos pudieron soportar después de 14 años de semiindependencia bajo el amparo de las fuerzas especiales estadounidenses desplegadas en el noreste de Siria para apoyar la lucha liderada por las FDS contra el Estado Islámico.
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