El próximo gobierno de Irak heredará la tarea de reformar e impulsar el crecimiento de una economía que enfrenta desafíos persistentes, desde los bajos precios del crudo y la deficiente infraestructura hasta las consecuencias de un tenso enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán.
Sin embargo, antes, las facciones políticas rivales de este país rico en petróleo deben elegir un líder. Tras las elecciones parlamentarias del 11 de noviembre, Irak ha entrado en una situación de incertidumbre política ya conocida, después de que la coalición del primer ministro Mohammed Shia al-Sudani obtuviera la mayoría de los escaños, como se preveía, pero no alcanzara la mayoría necesaria para garantizar su segundo mandato al frente del segundo mayor productor de la OPEP.
Las negociaciones para la formación de una coalición podrían prolongarse durante meses, dejando a Bagdad en una situación de espera en un momento en que se necesitan reformas económicas, diversificación y ajustes fiscales para una economía que depende abrumadoramente de los ingresos por exportaciones de petróleo.
Sudani, en el cargo desde finales de 2022, se presentó este año durante la campaña electoral como la solución a los problemas de Irak, prometiendo reformas, reducir el déficit presupuestario, aumentar los ingresos no petroleros e impulsar la inserción laboral de los jóvenes iraquíes en el sector privado. Paralelamente, buscó importantes acuerdos con gigantes energéticos estadounidenses, medidas destinadas a asegurar inversiones y mejorar las relaciones con Washington.
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