Dos días después de que el presidente estadounidense Donald Trump concluyera su cumbre con el presidente chino Xi Jinping en Pekín, los medios estatales iraníes informaron el sábado que Mohammad Bagher Ghalibaf había sido nombrado representante especial para asuntos de China, manteniendo al mismo tiempo su cargo como presidente del Parlamento. Ya fuera deliberado o casual, el momento elegido tenía un significado especial.
El puesto pertenecía a Ali Larijani, el estratega político que impulsó el acuerdo de cooperación de 25 años con China en 2021 y que murió en un ataque selectivo en marzo. Reemplazar a Larijani en cualquier cargo no es algo habitual. Sustituirlo en este puesto —mientras simultáneamente dirige el parlamento y acaba de encabezar la delegación iraní en Islamabad— evidencia una concentración de poder que los marcos conceptuales occidentales sobre la política iraní tienen dificultades para comprender.
El ascenso de Ghalibaf
Estos marcos de referencia no han sabido ubicar a Ghalibaf. Se destaca su trayectoria en la Guardia Revolucionaria Islámica y se mencionan sus ambiciones presidenciales. Lo que a menudo se pasa por alto es el papel institucional que ha ido construyendo a lo largo de dos guerras, y lo que su acumulación de cargos revela sobre dónde reside realmente el poder en el Irán posterior a Jamenei.
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