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IDLIB, Siria — Ahmed Mendoora, de 18 años, yace en una estrecha cama de hospital mientras un médico examina cuidadosamente su brazo. Han pasado cinco años desde que un bombardeo en la provincia noroccidental de Idlib le destrozó un hueso del codo izquierdo, dejándolo permanentemente doblado en forma de L.
Las cicatrices del injerto de piel que le colocaron para cubrir sus heridas son un recordatorio permanente de ese día. Incluso con fisioterapia de rutina, los médicos dicen que el daño a los nervios es demasiado grave para que Mendoora pueda recuperar la amplitud total de movimiento en su brazo.
Mendoora es uno de los más de 7.100 pacientes que reciben atención médica gratuita cada mes en el Hospital Central de Idlib, uno de los 12 hospitales del empobrecido país gestionados por la Sociedad Médica Sirio-Americana, una organización benéfica médica con sede en Estados Unidos. Los pacientes viajan desde toda Siria, incluidos algunos desde la capital, Damasco, a cuatro horas de distancia, para recibir tratamiento en Idlib a cargo de médicos de la Sociedad Médica Sirio-Americana, que reciben formación de sus homólogos estadounidenses y tienen acceso a equipos especializados que siguen estando fuera del alcance de la mayoría de los hospitales del país devastado por la guerra.
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