El ataque del jueves contra el puente B1 en Karaj, al oeste de la capital, Teherán , podría definir la próxima fase de la guerra entre Estados Unidos e Israel e Irán, no por su impacto militar inmediato, sino por lo que representa.
Durante semanas, el conflicto siguió en gran medida un patrón conocido: ataques de largo alcance, escalada gradual y disputas sobre el éxito en el campo de batalla. Pero el ataque deliberado a un importante proyecto de infraestructura —que, según los medios estatales iraníes, fue alcanzado dos veces, produciéndose el segundo impacto mientras los equipos de emergencia respondían— marca un giro hacia una estrategia más amplia y arriesgada.
El mensaje de Washington ha sido explícito. En las horas previas al ataque, el presidente Donald Trump redobló sus amenazas de desmantelar la infraestructura de Irán, advirtiendo que Estados Unidos podría bombardear el país hasta reducirlo a la Edad de Piedra. En publicaciones posteriores en redes sociales, confirmó la destrucción del puente y prometió que habría "mucho más", incluyendo posibles ataques a centrales eléctricas.
La advertencia, más que una escalada retórica, refleja una transición hacia el deterioro de la capacidad de Irán para sostener tanto sus operaciones militares como su estabilidad interna.
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