Mientras comienzan las conversaciones entre Israel y Líbano, mediadas por Estados Unidos, y entra en vigor un alto el fuego entre ambos países, Siria se ve obligada a considerar una pregunta recurrente: ¿Qué papel, si es que alguno, puede desempeñar Damasco como país vecino sin reabrir las heridas de su pasado?
Oficialmente, Siria ha adoptado una política de no intervención a pesar de su profunda hostilidad hacia Hezbolá. Damasco afirma que respeta la soberanía libanesa y que no tiene planes de entrar en el conflicto, aunque despliega tropas y equipo a lo largo de la frontera.
El presidente Ahmad al-Sharaa, que visitó recientemente Alemania y el Reino Unido, se enfrenta a una creciente presión estadounidense para contener a Hezbolá, que depende cada vez más de las rutas de contrabando a través de Siria para reabastecer su arsenal.
El reto para Damasco consiste en frenar la actividad de Hezbolá sin volver a involucrarse directamente en el Líbano, una medida que reavivaría el recuerdo de los 30 años de presencia siria en el país. Las tropas sirias entraron en el Líbano en 1975 bajo el amparo de la Liga Árabe para sofocar la guerra civil, pero permanecieron como fuerza de ocupación hasta que un levantamiento popular forzó su retirada en 2005.
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