Tras la guerra de 12 días entre Irán e Israel —la confrontación más directa y destructiva entre dos archienemigos hasta la fecha— la retórica nuclear de Teherán se ha vuelto más opaca, conflictiva y estratégicamente ambigua.
El polvo de la guerra no se ha asentado uniformemente en el establishment político de la República Islámica. Por el contrario, ha revelado y profundizado las divisiones entre los intransigentes que exigen que Irán impulse el desarrollo de armas nucleares y los moderados que buscan mantener entreabierta la puerta a la diplomacia con Occidente, aunque solo sea para evitar una mayor devastación.
Aunque los misiles dejaron de volar hace semanas, todavía siguen surgiendo nuevas e igualmente importantes divisiones internas sobre la cuestión del futuro del programa nuclear de Irán y los mensajes que Teherán decide enviar a la comunidad internacional (u ocultarle).
Voces de línea dura dentro de Irán han aprovechado el tono existencialista de la guerra para abogar por un cambio definitivo de estrategia hacia el armamento nuclear. Según su lógica, el único factor disuasorio real contra futuros ataques israelíes o estadounidenses es la posesión de bombas nucleares. Mientras los intransigentes argumentan que la "contención estratégica" los ha vuelto vulnerables, justifican esta perspectiva citando la precisión de la campaña de asesinatos israelí que mató a decenas de altos comandantes y a más de una docena de científicos nucleares.
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