La República Islámica ha dado comienzo a seis días de ceremonias fúnebres en honor al Líder Supremo , el ayatolá Ali Khamenei , más de cuatro meses después de su muerte en un ataque conjunto entre Estados Unidos e Israel.
Las ceremonias, que se extienden desde Teherán y Qom hasta las ciudades santas chiítas de Nayaf y Karbala en el vecino Irak, y que culminan en Mashhad, se perfilan como uno de los mayores eventos estatales en la historia de la República Islámica. Las autoridades prevén hasta 20 millones de participantes, han desplegado a más de 150 000 agentes de policía, han cerrado parte del espacio aéreo del país y han declarado días festivos para facilitar la asistencia.
Sin embargo, más allá de la inmensa operación logística, subyace un objetivo mucho más trascendental. Para Teherán, el funeral de Khamenei no es simplemente una ceremonia religiosa, sino una transición política cuidadosamente orquestada, destinada a demostrar que la República Islámica permanece unida, resiliente y con el control absoluto tras la pérdida del hombre que dominó su sistema político durante más de tres décadas.
Las ceremonias también brindarán la primera gran oportunidad para que el nuevo liderazgo de Irán proyecte su autoridad tanto a nivel nacional como internacional tras la sucesión del hijo de Khamenei, el ayatolá Mojtaba Khamenei, en un momento en que el país está emergiendo de su confrontación militar más peligrosa desde la guerra Irán-Irak de la década de 1980.
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