TEHERÁN — El asesinato del veterano político y jefe de seguridad Ali Larijani a manos de un ataque de precisión israelí ha sacudido la estructura política de Irán en un momento crítico de su guerra con Estados Unidos e Israel.
Como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Larijani no era simplemente un alto funcionario, sino una figura clave en el sistema de toma de decisiones del régimen y un líder considerado capaz de conciliar las facciones internas. También se le atribuyó la responsabilidad de supervisar la brutal represión contra los manifestantes a principios de este año.
Durante meses, Larijani había sido una de las pocas figuras dentro del sistema vinculadas a un acercamiento cauteloso, incluyendo supuestos contactos extraoficiales con Omán, Qatar y Rusia. Sin embargo, en las últimas semanas rechazó públicamente cualquier diplomacia con Estados Unidos y reafirmó su retórica militar.
El asesinato también plantea interrogantes sobre si parte de la estrategia estadounidense-israelí se está orientando hacia el ataque a altos mandos. Los límites de la escalada militar —en particular en torno al estrecho de Ormuz— aumentan la presión sobre Washington, y atacar a figuras iraníes de alto rango podría considerarse una forma alternativa de ejercer presión. En ese contexto, el asesinato de Larijani podría reflejar un intento de desestabilizar la cohesión interna, más que simplemente debilitar la capacidad operativa.
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