Con la finalización del Ramadán y el inicio de la celebración del Eid al-Fitr por parte de los musulmanes, el cierre casi total de la Ciudad Vieja de Jerusalén y sus lugares sagrados ha generado una creciente preocupación entre los palestinos, no solo por las restricciones inmediatas, sino también por lo que consideran un cambio más profundo en el control del acceso al culto.
Si bien muchos líderes religiosos afirman comprender los riesgos de seguridad que plantea el actual conflicto entre Estados Unidos e Israel e Irán, así como la amenaza de ataques con misiles, advierten que el cierre generalizado de lugares como la Mezquita de Al-Aqsa y la Iglesia del Santo Sepulcro corre el riesgo de sentar un precedente duradero.
La situación de seguridad sigue siendo crítica, ya que Irán continúa atacando Jerusalén y sus alrededores. El viernes, según las autoridades israelíes, restos de un misil iraní interceptado impactaron en un estacionamiento de la Ciudad Vieja. En las tres semanas transcurridas desde el inicio de la guerra, varios fragmentos de misiles han caído cerca de la ciudad, y un ataque directo en Beit Shemesh, a unos 29 kilómetros al oeste de Jerusalén, causó la muerte de nueve personas el 1 de marzo.
En Jerusalén, las autoridades israelíes prohibieron todas las reuniones de más de 50 personas y cerraron todas las puertas del recinto de Al-Aqsa al comienzo del conflicto, interrumpiendo las oraciones en el tercer lugar más sagrado del Islam durante los últimos días del Ramadán. El acceso a la Iglesia del Santo Sepulcro también fue suspendido, interrumpiendo el culto cristiano durante la Cuaresma y antes de la Pascua.
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